Hamelin
era un pueblo donde la prosperidad se contraponía con singular nitidez con la
pobreza. La riqueza de unos cuantos señores estaba concentrada en los grandes
graneros, despensas y almacenes de que éstos disponían y que cuidaban con el
mayor de los celos. El alcalde, como todos, era un hombre, consonante con la
personalidad de los grandes hacendados y tenientes de riquezas; es decir,
comía, bebía (en él la gula alcanzaba su pleno) y organizaba formidables
fiestas con el dinero que recaudaba de los pobres pobladores que se crispaban
de hambre y miseria en la periferia del pueblo.
Un
joven flautista, de procedencia adinerada, había decidido apartarse de este modus vivendis por considerarlo pródigo,
despilfarrador y mezquino. Sin llevar pertenencias de ninguna clase, se había instalado cómodamente en una de las cuevas de un monte alejado, famosas por albergar
centenares de ratones y, por lo mismo, temidas por toda la comarca, y empezó a
establecerse dentro de un régimen riguroso y austero. Desde su cueva, ubicada
en lo alto de una montaña escabrosa, donde, desde luego, había comenzado a
convivir con los pequeños ratones y domesticarlos, descubriendo que no eran tan
agresivos como se comentaba en todos los pueblos, observaba diariamente el
desenvolvimiento rutinario del pueblo. Oteaba a la distancia cómo los ricos
continuaban organizando fiestas y derrochando cantidades inconmensurables de
dinero, y divisaba también como la zona de los pobres se infestaba cada día más
de pobreza y miseria inimaginables.
Cierto
día, luego de haberse dejado llevar por el sonido cadencioso de su flauta, que
había aprendido a tocar a los diez años, el muchacho decidió que, si bien los
viejos señores eran hombres corruptos e incorregibles, él no debía permitir que
los niños siguieran esta mala crianza. Decidió, luego, darles una lección a sus
antiguos vecinos. Preparó un plan en complicidad con sus ratones, el cual
consistía en enviar a los ratones a la villa de Hamelin para simular que una
horrenda peste de pequeños roedores se había apoderado del pueblo y colocado a
los grandes señores en un estado de febril actividad y penosa lucha. Envió,
entonces, a sus ratones a dicha misión bajo la orden de saquear y comerse todo
lo que encontraran en los almacenes, despensas y graneros.
Entonces,
aquel mismo día, los tranquilos hacendados de Hamelin vieron bajar desde la
montaña lejana una masa compacta de ratones que corrían en dirección de la
ciudad. El alcalde, alarmado, avisó a todo el pueblo. Para cuando todos
estuvieron enterados de la hazaña de los ratones, ya era muy tarde: los
diminutos ratones habían hecho presa fácil de la villa y comían todo el
alimento que encontraban al paso. En un único día, la terrible plaga de
pericotes habíase comido más de la mitad de las riquezas de la villa.
Angustiado,
el viejo alcalde llamó a consejo a todos los pobladores –ricos y pobres– de
Hamelin para comunicarles el estado crítico de la situación y determinar cuanto
antes una rápida decisión que acabara con la peste maligna de ratones.
–Ofrezco
que se le entreguen cien monedas de oro en dinero contante y sonante al hombre
que elimine de raíz esta peste –dijo el alcalde, en tono solemne.
–De
acuerdo –asintieron los lugareños–. Necesitamos una solución rápida y eficaz
que frene toda esta ruina que se aproxima.
La
noticia de las cien monedas de oro ofrecidas llegó, se ignora de qué manera,
hasta los oídos del joven ermitaño. Satisfecho por el resultado de su plan, se
propuso concretar la segunda parte del mismo. Bajó al pueblo solo con su flauta
y se presentó en el edificio de la antigua alcaldía, ante el asombro de los
pobladores, quienes nunca habían visto a tan extravagante personaje visitando
las “modestas” comarcas de Hamelin.
–Tengo
un plan para salvar al próspero pueblo de Hamelin –dijo el joven flautista. Se
sentía muy contento al comprobar que nadie de sus antiguos vecinos ricos lo había
reconocido. Habían pasado muchos años y el tiempo había hecho su trabajo en el
joven, escondiéndolo de las astutas miradas de las autoridades del pueblo–.
Pero dadme vuestra palabra de honor de que me daréis las cien monedas de oro ofrecidas.
El
alcalde lo escrutó con sus diminutos ojos y esbozó una sonrisa desagradable. “Este muchacho tiene el aspecto
de un joven iletrado y, por tanto, estúpido. Será fácil engañarlo”, reflexionó.
Inmediatamente, respondió, con tono irónico:
–Tened la seguridad de que cumpliré mi promesa. Haced lo acordado y cumplid vuestra parte del
trato, que yo haré lo respectivo con la mía.
El
joven flautista se rió para sus adentros, una vez más satisfecho de la eficacia
de su inteligente plan. Conocía al alcalde desde que habitaba en convivencia
con los ricos y sabía de las múltiples violaciones a su palabra, y conocía asimismo de la
ambiciosa posición de alcalde que procuraba mantener con tratos subrepticios y
corruptos su estatus social.
Salió
el joven al pueblo y se plantó en medio de la hermosa plaza, cuyos arbustos, a
esa hora, en el remanso de la tarde plácida, se agitaban acompasados por el
murmullo suave del viento. Tomó su quena y empezó a soltar unas notas dulces y
melancólicas al aire. Hombres, mujeres, niños y ancianos, al oír tan triste y
hermosa melodía, no hicieron sino olvidar sus penurias y angustias de los
últimos días y dejarse penetrar por tan elegante manera de tocar la flauta.
A
poco, los ratones comenzaron a arribar a la plaza, seducidos por el triste
llanto de la flauta. Entretanto, el flautista continuaba maniobrando sin cesar
y con delicadeza y experiencia su humilde flauta fabricada con la tosca madera
de un sauce y pulida por sus propias manos. Cuando absolutamente todos los
ratones que habían sido el desconcierto y la inquietud de todo el pueblo
hubieron llegado a la plaza, el joven flautista se echó a andar, siempre
tocando la flauta, en dirección de la colina de donde había descendido, con los
ratones desfilando tras él, extrañamente sugestionados.
Los
señores ricos de Hamelin, al ver a la distancia que el joven flautista se
perdía tras las lomas verdes, se alborotaron de felicidad y organizaron una
fiesta para celebrar la partida de los ratones de su pueblo. La tranquilidad
volvió al pueblo de Hamelin, con su acostumbrada escisión entre ricos y
miserables.
Días
después, el joven flautista volvió a presentarse ante el viejo edificio para
reclamar las cien monedas de oro acordadas:
–Largaos de mi vista –repuso el alcalde, atusándose el repugnante bigote que lucía sobre
los labios gruesos–. Nos gastamos el dinero destinado a vos en preparar la
fiesta de celebración de aquel día.
El
joven flautista sabía, por supuesto, que era mentira lo que el viejo alcalde
decía. Resolvió no insistir más y, volviendo sobre sus pasos, se marchó sin
decir más.
Pero
el joven estaba absolutamente satisfecho con los éxitos del plan. Sin embargo,
faltaba algo más para que todo lo planeado hubiera madurado en su máxima
expresión.
Dos
días después retornó al pueblo con su flauta y se plantó, como en la ocasión
anterior, en medio de la plaza de Hamelin a tocar su flauta. Los pobladores
supusieron descabellada su actitud y principiaron a murmurar entre ellos que
estaba demente. Sin embargo, el estupor se adueñó de ellos al observar, con una
expresión de profundo desconcierto en sus rostros, que todos los niños de la
linda comarca de Hamelin acudían al triste sonido de la flauta, con las miradas
extraviadas y a paso lento, como en procesión. Los habitantes, en conciencia
unánime, comprendieron: el flautista estaba cobrando su ayuda de manera
perversa, llevándose a los niños de igual manera que atrajo a los ratones.
El
flautista sin despedirse, siempre tocando la flauta, se llevó a los pequeños,
al igual que a los roedores, cuesta arriba, donde se ubicaba su cueva.
En
el pueblo de Hamelin, desde entonces, hasta hoy, se oyen llantos de mujeres
durante la noche, reclamando a sus hijos, gimiendo, y maldiciendo al joven
flautista, quien, entretanto, se regocijaba de haber salvado a los niños de la
mala crianza de los hacendados mezquinos y frívolos, y haber ubicado a todos
los pequeños en sendas cuevas junto a una flauta que el mismo joven había
fabricado a montones. Desde entonces, el llanto de las mujeres soberbias de
Hamelin se confunde con el suave y agudo silbido de cada flauta.
buen final.
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