miércoles, 18 de abril de 2012

EL PODER DE LA RADIO


U
na encuesta realizada por Ad-Rem, en el 2011, a solicitud del Consejo Consultivo de Radio y Televisión, en 14 ciudades del Perú (Lima y Callao, Arequipa, Cajamarca, Chiclayo, Chimbote, Cusco, Huancayo, Huaraz, Iquitos, Piura, Pucallpa, Puno, Tacna y Trujillo) y con un diseño muestral de 7,167 personas, reveló lo siguiente: el 99% de los peruanos tienen un televisor en sus casas (incluso por encima de la cocina) y un 95% posee al menos una radio en su hogar. Asimismo, reveló también que el medio más consumido por los hogares peruanos es el televisor, a excepción de un solitario Puno, en el que se opta por la radio.[1]

Un discurso totalmente significatvo tiene un profunda repercusiòn.
Claro, no frunciremos la frente, extrañados, ante estos resultados inequívocos. Lo que hoy vemos es una invasión televisiva, en la que la radio ha pasado a  tomar un papel secundario y nimio, y la que solo es vista como un medio para mantenernos al tanto de los nuevos hits musicales. En términos más coloquiales, puro entretenimiento.

Hemos hablado de la radio a nivel general. Si nos ceñimos a la vigencia de las radios populares ─si es que hubiera una encuesta realizada a nuestra disposición─, los resultados serían tal vez más penosos, no solo en función a su audiencia, sino a su vigencia como instrumento de democracia.

La propuesta que trataremos de insinuar en las siguientes líneas tiene su germen en los estudios de tres poderes que poseen, y ahí está la historia para darnos la razón, las radios populares: el poder saber, el poder hablar y el poder ser y actuar.[2]

No es ninguna novedad sorprendente que el mercado, esa atmósfera saturada del más mefítico hedor capitalista, pretenda convertirnos en ápices sumisos de él. Nos preparan para la competitividad, nos educan con dogmas neoliberales, como ya lo ha expuesto con acierto el educador peruano Walter Peñaloza[3].

Con el mismo fin los poderes políticos desarrollaron una serie de programas educativos para “asistir” al indígena y al campesino, apoyándose en múltiples recursos tecnológicos, los cuales pertenecían también al dominio de las minorías privilegiadas[4]. El poder político trató de manipular al individuo, de hacerle creer que el sistema no se había olvidado de él. Todo parecía ir bien.

Es entonces cuando las radios populares arremeten contra este sistema singularmente injusto y abren una propuesta para educar e informar, al unísono, al hombre común. Rescatan sus costumbres, sus experiencias en el quehacer cotidiano, sus tradiciones, sus formas de organización social, sus expresiones autóctonas, y complementan este oficio con la elaboración de informaciones adecuadas para el desarrollo paulatino de las poblaciones indígenas, tanto para brindar conocimientos técnicos y científicos como para resolver los problemas que surgen en su realidad cotidiana.

Generando una opción, una alternativa, frente a un dominio mediático, el cual tiene su máxima expresión en la televisión, la radio popular le objeta a los poderes rectores su doblez oficializada en la divergencia entre los derechos constitucionales y el desdén hacia éstos manifestados en la praxis.

De este modo, el contrapoder requerido no reside solo en designios quiméricos, sino que franquea las fronteras de lo teórico para comprometerse formalmente con los intereses de los desprotegidos, convirtiéndose en un promotor de su modus vivendis. He aquí el poder saber y, sobretodo, conocer.

Mediante los medios creemos estar al tanto de las noticias locales, regionales o nacionales. Suponemos ─subrayo este término─ que el menú informativo que nos ofrecen a diario va acorde con las nociones elementales de la veracidad y la objetividad. Lo cierto es que si creemos tal cosas bien estamos fuera de nuestros cabales o bien nos hace falta un poco más de verdadera información acerca de la credibilidad de los medios.

Un claro ejemplo nos lo muestra el desaforado caso en Conga, que todos conocemos, aquí mismo, en Perú, donde un puñado de emisoras, de cualidades venales, ha sido comprado por la empresa minera para tratar de disuadir a las comunidades campesinas de que la minería les traerá más progreso, generará más crecimiento, más “PBI”. Claro, PBI adopta aquí la acepción correspondiente a crecimiento.

Y si nos preguntamos lo siguiente: ¿Alguien se enteró de la Marcha por el Agua, similar a la que tuvo lugar en Conga, en Guatemala? ¿Y qué nos dicen de la de Ecuador? Ambas movilizaciones tuvieron como referentes al Perú, sin embargo los medios nos ofrecieron notas que les parecieron más importantes[5].

La carencia de una radio popular provoca un distanciamiento, acaso deliberado, entre el poder político y las demandas de una población relativamente insatisfecha. Por el contrario, la existencia de una radio popular, que aspire a poner orden en el caos, abrirá espacios de diálogo y buscará consensos. Promoverá asimismo, la expresión de “los sin voz”, dotará de expresión oral a los apartados de la sociedad, a los personajes mutilados de voz por el orden capitalista.

La importancia de una expresión constante de las víctimas de la opresión política y social, de los que cargan a cuestas con el yugo de la impotencia, radica en que, mediante la sola articulación de mensajes significativos, permitirá abrir lugares de diálogos plurales, que inviten a discusión y debate nuevas propuestas y reformas sustentadas en el bien mutuo de los intereses de cada una de las partes. He aquí el poder hablar.

Hace treinta años, en pleno auge y popularidad de las radios populares ─se permite la redundancia─, comenzaron a aparecer pequeños grupúsculos que reunían propuestas afines a mejoras en la vida de las comunidades campesinas e indígenas. Estas pequeñas chispas lograrían encenderse en casi un planeta que no solo busca sino propone nuevas formas, nuevas alternativas, para un mundo mejor y, digamos, habitable.

La radio popular, en este escenario, empezó a moverse de la forma ya expuesta en las líneas anteriores. Simultáneamente a este concurso a los miembros que exigían cambios totales, las radios populares incursionaron como protagonistas activos e intensos en estas luchas sociales. Lograron conocer, entonces, la intolerancia e intransigencia de ambas partes que pululaban en el terreno político y social. Supieron de la cara de las derrotas y victorias. Conocieron las represiones y las trabas a las exhaustivas luchas populares. Pero, gracias a éstos, se consolidaron como contrapoderes frente a la fragilidad de las instituciones, que, en su caída, eran capaces de arrastrar la vida de la minoría anhelante; se mantuvieron firmes en sus ideales de índole social. En suma, que el ímprobotrasiego en el campo político les permitió recoger experiencias inapreciables y alimentó la permanente necesidad de un cambio significativo.

Ahora bien, vamos a tocar un punto que me parece digno de observación e imprescindible para el estudio de la sociedad contemporánea y su relación cercana con los medios.

Una enorme contradicción parece ceñirse sobre el orden actual, sustentada en la relación directamente proporcional existente entre los movimientos sociales y la comercialización galopante de las radios.

¿Quién ahora no sintoniza el estreno musical de moda mientras en el país se alzan cada vez más movimientos populares? Remontándonos de inmediato a los años setenta, asistimos a pequeños grupúsculos que visionan nuevas formas, nuevos modelos de sistema social, en donde la distribución de riquezas sea equitativa, en donde la inclusión social sea una realidad y no simples términos manidos a cada instante. Al mismo tiempo, mientras estos movimientos minúsculos se desarrollaban con bríos, las radios populares se afirmaban como instrumentos para el diálogo, se extendían como reguero de pólvora, compartiendo los ideales de los más desprotegidos y ayudándolos a alzar su voz de protesta.

La contradicción reside en que hoy nos hemos acostumbrado a las radios comerciales, en tanto que los antiguos grupos pequeños sociales se han fortificado y robustecido. Éste sea, tal vez, un enorme desafío que se le atraviesa en el camino a las radios populares. Cómo abrirse espacio en estos momentos críticos, en que el individuo se encuentra, si no desinformado, sobrecargado de información que le es imposible de manejar y condicionarla a sus experiencias, para digerirla.

Teniendo bien en claro éste desafío, las radios populares deben proyectarse hacia un futuro cercano, deben madurar sus planes de antaño. Observamos la cesión de algunas emisoras a la presión del poder y el mercado. Las vemos decaer y olvidar sus pretensiones sociales.


La  distorsiòn del objetivo radial asoma como una amenaza fatalista

Pero este no es un problema que tengamos que achacárselo únicamente a la radiodifusión popular. En lo que a nosotros hace, es nuestro deber alentar los ánimos de las emisoras, en pro de nuevas reformas sociales, que obedezcan a valores como la solidaridad y la justicia. Solo así, unidos siempre, podremos enfrascarnos en este proyecto real, encarando el futuro, para ayudar a un verdadero desarrollo completo. Porque, al fin y al cabo, la comunicación no es sino el gran desarrollo, en todo el sentido de la palabra.



[1] Entre otras cosas, la encuesta reveló que el consumo de la televisión es más frecuente en Chiclayo de lunes a viernes con un índice porcentual de 100%.
[2] Véase La construcción de poderes desde las radios populares: nuevos desafíos político-comunicativos.
[3] Walter Peñaloza, Los propósitos de la educación, Lima: Fondo Editorial del Pedagógico San Marcos, 2003.

[4] Revísese Felipe de J. Pérez Cruz, El debate sobre el conocimiento, Revista “Docencia”, n° 13, mayo, 2005.
[5]Las comunidades campesinas, por cierto, no han podido ser persuadidas, puesto que ellas están en permanente contacto con la realidad descarnada. Esta es la diferencia del efecto de los medios en los ciudadanos de zonas distantes del problema. Datos extraidos del semanario “Hildebrandt en sus trece”, año II, n° 101, mayo, 2012.

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