domingo, 15 de julio de 2012
DOS PUNTOS DE MIRA: LA CULTURA Y LAS PALABRAS
RESUMEN
Se pergeña una breve defensa de la cultura como virtud de las elites. Asimismo, se concluye que ningún medio relegará a otro, sino que cada cual sabrá delimitar su espacio a la medida de sus funciones.
PALABRAS CLAVES
Cultura, alta cultura, medios.
SOBRE LA CULTURA
En el capítulo titulado “El lenguaje de la radio” de su Manual urgente para radialistas apasionadas y apasionados, José Ignacio López Vigil aborda muy sucintamente el discutible tema de la cultura, encerrado en un subtítulo bajo el nombre de “Ya no somos profundos…”.
Yo quisiera referir unas palabras al respecto, advirtiendo al lector anticipadamente que me dispongo a situarme en una posición diametralmente contrapuesta a la marcada por el autor del citado libro.
López Vigil arguye que “cultura no es otra cosa que la adecuada relación que establecemos con el entorno”. Con tal argumento esgrimido, este señor experto en la temática radial se suma al puñado de autores que sostienen que la cultura no es sino la suma de todos los elementos que componen la vida social, encuéntrense entre ellas la lengua, los modus vivendis, la organización de la vida social, las relaciones interpersonales, las costumbres, la religión, lo que se adora, lo que se abomina, etcétera. Esta definición de cultura que ha comenzado en las últimas décadas a adquirir la proporción de un concepto incontestable, no representa otra cosa que el consiguiente resultado de tratar de democratizar la cultura. De ahí que no haya nadie inculto. Pues, a decir de esta mala concepción de la cultura, asistimos a una civilización en la que todos somos cultos. De manera que aquel que ha leído A Shakespeare y destaca en la creación artística e intelectual equivale intelectualmente al chofer del autobús que arranca sin que haya terminado de descender de él una anciana trémula. Eso, según la reciente definición de cultura.
T.S. Elliot, en 1948, también ha hablado, en Notes towards the Definition of Culture, de la pérdida creciente de la definición primigenia que se dio antaño al término “cultura”. Según Elliot, el sistema cultural pasado, que era el ideal, alberga tres instancias: el individuo, el grupo o elite y la sociedad e su conjunto. Además, según esta explicación, de las clases sociales procede la elite que viene a ser la “alta cultura”. Como observamos, aparte de fundamentar su tesis, introduce la percepción de una alta cultura, una minoría que, por propios designios de la naturaleza, se encuentra dirigida hacia la sensibilidad y el interés intelectuales y artísticos.
Muchos antropólogos, etnólogos y sociólogos, por un mero arrebato de bondad, tuvieron el desacierto de intentar –al parecer con éxito- democratizar la cultura, llamando cultos a todo el mundo. Son los mismos, también, quienes disfrazan la “incultura” bajo los grises ropajes de la “cultura popular”. Indudablemente, un formidable error que ha desembocado en una confusión sin visos de desenmarañarse: no sabemos qué es cultura y qué no lo es.
No quisiera ser demasiado expansivo en el tópico concerniente a la cultura; sin embargo, me resulta preciso subrayar que ella debe ser percibida como un valor direccional destinado a muy pocos, que van a ser, a su vez, los destinados a mantener una comunicación indisoluble con los demás miembros del sistema social a que pertenecen. Este es, pues, el replanteamiento de la antigua noción de la cultura como valor sustancia de una sociedad.
EL PODER DE LAS PALABRAS
“La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual”, sostiene de manera optimista Gabriel García Márquez. Es cierto de que las palabras redundan más profundo en la hondura de los sentimientos humanos. Ellas proveen al hombre de emociones, lo bañan de sensaciones y lo sumergen en un mar de fantasías.
En ese sentido, entonces, la sociedad no parece definir la razón exacta de la desaparición de los medios cuya materia prima son las palabras, sean estos la radio o los diversos diarios que pululan en el ambiente. Es cierto que es sintomático el hecho de que la imagen comience a imponerse sobre la escritura, pero esto no es realizado en detrimento de los demás medios que se valen de la palabra para establecer vías de comunicación entre los emisores y los receptores.
Se discute sobremanera el hecho de la irrupción de los nuevos mecanismos de fomentar la comunicación, como la nueva revolución multimedia, sin embargo, desde el punto de vista histórico, ninún medio ha sido desplazado por otro. Al contrario, cada uno ha sabido delimitar su espacio, cada cual ha enriquecido sus contornos, cada quien se ha acomodado al nuevo sistema mediático.
La visión en torno de la cual giran estos medios –la desaparición de los medios por otros medios- queda anulada de facto, en la medida en que no se encuentran dentro de la posibilidad apocalíptica de eliminarse. Queda, pues, establecida la conclusión de que, pese a que unos se imponen sobre otros, jamás ellos haraán desaparecer a estos.
REFERENCIAS
• GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Yo no vengo a decir un discurso. Editorial Sudamericana, 2010.
• LÓPEZ VIGIL, José Ignacio. Manual urgente para radialistas apasionadas y apasionados
• ELLIOT, T.S. Notes towards the definition of cultura. 1948
Enlaces de Interés:
http://www.ciudadseva.com/textos/otros/ggmbote.htm
http://www.amarc.org/documents/articles/Radio_TV_en_era_digital.pdf
http://pensardenuevo.org/%C2%BFel-reto-de-la-prensa-escrita-en-el-siglo-xxi/
Enlaces con vídeos:
- http://www.youtube.com/watch?v=LTpbTun6WqU&feature=plcp
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