Durante el desarrollo del operante conflicto socioambiental
en Cajamarca, un puñado de emisoras radiales de la región, de execrables
cualidades venales, aceptaron fungir de publicitarios y portavoces de la
colosal campaña de relaciones públicas que la empresa minera Yanacocha se
empeñó en elaborar con bríos impetuosos.
¿Es ésta la realidad descarnada a la que asistimos?
Que una retahíla de irresponsables que balbucean frente a un micrófono acepten
consagrarse como personajes notables en esa suerte de lupanar insidioso (donde
todo se vende al mejor postor), dice mucho de nuestro periodismo de hoy.
Si nos atreviésemos a hurgar, con loable temeridad,
en los anales del verdadero periodismo comprometido socialmente con los
intereses de las mayorías que son excluidas, inclinaríamos la cabeza ante la
vergüenza de haber callado lo que otros no callaron, hecho lo que otros no
hicieron. ¿No habrá por ahí algún González Prada para que vuelva a poner las
cosas en su lugar? ¿O algún Mariátegui que nos muestre con su prosa bella y
estilística lo que muchos temen?
Sentimos que este texto haya derivado hacia las nostalgias
de siglos pasados, pero no podemos sino entristecernos al observar a un
periodismo que traicionó los ideales de los que lo hicieron grande.
Cité el caso de Cajamarca, porque es ahí donde
actualmente se está desarrollando un largo conflicto que desliza la subrepticia
posibilidad de un cierto favoritismo hacia la parte más acomodada: las empresas
mineras.
En este ámbito tenemos a dos elementos que se
agravan y se debilitan en tanto se desarrollan los múltiples conflictos: los
medios de comunicación y el Estado.
En una entrevista concedida a Talleres de
Comunicación, el descollante periodista César Hildebrandt manifiesta con su
estilo único que lo caracteriza y hace grande: “No hay un periodismo que valga
la pena sin ética social de peso. No hay éxito que merezca vivirse si no hay
compromiso con la gente que sufre. Si el periodista es un ser neutro,
equidistante de todo, prescindente del sufrimiento de los demás, es simplemente
un talento alquilado. Es para decirlo de una vez y con toda su crudeza: un
miserable”.[1]
Con esto, aceptando como válida la premisa de
Hildebrandt, queremos subrayar que el periodismo, o el quehacer comunicativo en
general, no puede mantenerse indiferente de una realidad particularmente
injusta y no puede asimismo cultivar una relación esquinada entre los hechos y
su propia independencia y pensamiento crítico.
La neutralidad, entonces, se suprime, en la medida
en que el comunicador aporta mucho de sí a las informaciones. Se puede ser
plural, es cierto, pero esto no equivale a dejar de hacer un analítico
ejercicio de empatía con los sectores más desvalidos.
Generar espacios de diálogo es un trabajo supremo
del comunicador social. A él corresponde el uso íntegro de los principios
elementales de la ética de la comunicación: la veracidad, la responsabilidad
social, la objetividad (en su mayor etapa factible) y la ya mencionada
pluralidad.
¿Y la verdad?
Este punto nos demanda una aclaración en líneas generales y para ello nos ilustra
una cita breve del certero filósofo Salomón Lerner Febres: “En el dominio de
los actos humanos, ahí donde se desempeña el periodista, la verdad es un bien
precioso que se presenta como horizonte que nos ofrece sentido y al cual nos
acercamos paulatinamente sin nunca alcanzarlo plenamente”. [2]
El valor de la objetividad dentro del ejercicio
comunicacional merece también una pequeña digresión, puesto que se le atribuye
un valor de mero relativismo que se nos ofrece como una escala elevada a la
cual trataremos siempre de acercarnos.
Los medios de comunicación deben siempre aproximarse
a la objetividad aun aceptando ese viejo proverbio que reza que “ni el lente de
una cámara es totalmente objetiva”. Es menester resaltar una diferencia entre
la objetividad y un término que puede ser confundido: la interpretación. Este
último debe estar presente en toda información periodística, transparentándose
en el contextuar todo tipo de dato
dentro de cualquier género.
El más brillante periodista que actualmente posee el
Perú, César Lévano nos dice: “Faltan en el Perú editores capaces de enriquecer
la información de actualidad con el material televisivo de contexto, que puede
ser de archivo (…) Pero sería importante que en vez de cinco minutos de calle
superficial se pusieran tres y medio de calle y minuto y medio de algo más
sustancial y significativo, enriquecido por el material de archivo y el
comentario de contexto”.[3]
Suficiente comprensión nos la brinda este breve apartado
que consideramos de particular relevancia consignar en estas líneas. Pero
también merece un énfasis signar la diferencia entre la opinión y la
información, dado que no debe haber una mezcla entre estas dos formas de hacer
comunicación.
Esclareciendo estos puntos, continuamos con la
explicación de los medios de comunicación en el marco de los conflictos
sociales (entiéndase sociales como ambientales, también).
Deshonrado por la publicidad y por las
características venales de múltiples periodistas y dueños de distintos medios,
el quehacer comunicativo se ve presa de una debilidad galopante y de una crisis
que se agrava en el día a día.
La ciudadanía dejó de tener fe en los medios. Éstos
fueron serviles a causas impropias del dinero y maniataron su posibilidad de
defender los derechos de cada uno de los miembros de esta sociedad (por
supuesto, nos referimos a los pisoteados por el sistema).
En general, no son solo los medios de comunicación
los únicos náufragos en esta tempestad apabullante: todas las instituciones –el
Estado, las FF.AA., la Iglesia, las escuelas, etcétera- atraviesan por una
crisis de suspicacia.
El periodismo dejó de encarnar lo que en Estados
Unidos protagonizaron Carl Bernstein y Bob Woodward, lo que en Francia produjo
Emile Zola[4], etcétera. La ciudadanía
en general siente un abandono y una orfandad social que no presiente una
solución connotativa a los problemas que los aquejan.
Ignacio Ramonet ha dicho: “Muchos ciudadanos se
preguntan cómo funciona la prensa, cómo funcionan los medios de comunicación y
constatan por otra parte, que el conjunto de los medios de comunicación está
perdiendo credibilidad, está también desprestigiado, está también en crisis
como las otras instituciones”[5].
El periodismo dejó de ser un aliado incondicional
del pueblo para pasarse a las filas –y algunas veces, las hordas- de las causas
del dinero. Es entonces cuando estallan los conflictos socioambientales: cuando
a los agraviados se les echa lodo encima desde los medios de comunicación, los
cuales a su vez están manejados al antojo del poder económico.
En cuanto al papel del Estado como actor principal
en políticas de inclusión social y distribución de riquezas, éste no viene
cumpliendo con su rol de regulación de las políticas de ambiente. Son muchas
las veces que los recursos naturales y materias primas del Perú son saqueados,
a costa de un pueblo marginado que no vislumbra posibilidades de una vida más
adecuada a la condición humana.
La Constitución Política del Perú contempla en el
artículo 68 lo siguiente: “El Estado está obligado a promover la conservación
de la diversidad biológica y de las áreas naturales protegidas”.
De irónica aclaración resulta este artículo, ya que
las circunstancias sociales le son adversas en su significación.
| Gregorio Santos, durante una reciente conferencia en UNPRG. |
El Estado, muchas veces, en lugar de asistir e idear
programas de desarrollo para las comunidades alejadas, les despliega una serie
de medidas arbitrarias que generan una divergencia con un supuesto estado de
Derecho. El Estado reprime a las poblaciones, amenaza a los dirigentes y
líderes comunales y corrompe en algunos casos las bases de estas comunidades.
Frente a este enorme desbarajuste causado por la
contraposición diametral entre intereses, los medios de comunicación deberían
ocupar el lugar de un mediador, sin desconocer, claro está, la adquisición de
una posición, sin que esto suprima la capacidad de la institución de abrir
espacios de diálogo y cubrir toda la escalada de información que pueda dar a
conocer el hecho en todas sus dimensiones. De esta guisa y solo así, los
problemas nacionales podrán apuntar a una transacción favorable para ambas
partes.
[1]
Reynaldo Naranjo García, Talleres de
Comunicación, cuaderno 1, Lima, 1983.
[2]
Salomón Lerner Febres, El papel del
periodismo, La República, Año N°31, domingo 4 de marzo de 2012.
[3]
César Lévano, Últimas noticias del
periodismo peruano. Lecciones y perspectivas, Lima: Fondo Editorial
Universidad Inca Garcilaso de la Vega, 2011.
[4]
Como se sabe, los periodistas estadounidenses del diario Washington Post, Carl
Bernstein y Bob Woodward derrocaron al indeseable ex presidente de los Estados
Unidos Richard Nixon, en el célebre caso Watergate. Para mayor amplitud de la
curiosidad del lector, léase Todos los
hombres del presidente. Por su parte, Emilé Zola contribuyó honorablemente
al periodismo francés, al desnudar la verdad que se escondía tras el afamado
caso Dreyfus.
[5]
Ignacio Ramonet, Medios de comunicación,
sociedad y democracia.
Enlace de Interés: http://sociedadinformacion.fundacion.telefonica.com/DYC/TELOS
Javier,
ResponderEliminarTus ensayos son buenos, pero tus enlaces no están bien construidos.