miércoles, 16 de mayo de 2012

LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN: EL ETERNO MEDIADOR


Durante el desarrollo del operante conflicto socioambiental en Cajamarca, un puñado de emisoras radiales de la región, de execrables cualidades venales, aceptaron fungir de publicitarios y portavoces de la colosal campaña de relaciones públicas que la empresa minera Yanacocha se empeñó en elaborar con bríos impetuosos.

¿Es ésta la realidad descarnada a la que asistimos? Que una retahíla de irresponsables que balbucean frente a un micrófono acepten consagrarse como personajes notables en esa suerte de lupanar insidioso (donde todo se vende al mejor postor), dice mucho de nuestro periodismo de hoy.

Si nos atreviésemos a hurgar, con loable temeridad, en los anales del verdadero periodismo comprometido socialmente con los intereses de las mayorías que son excluidas, inclinaríamos la cabeza ante la vergüenza de haber callado lo que otros no callaron, hecho lo que otros no hicieron. ¿No habrá por ahí algún González Prada para que vuelva a poner las cosas en su lugar? ¿O algún Mariátegui que nos muestre con su prosa bella y estilística lo que muchos temen?

Sentimos que este texto haya derivado hacia las nostalgias de siglos pasados, pero no podemos sino entristecernos al observar a un periodismo que traicionó los ideales de los que lo hicieron grande.

Cité el caso de Cajamarca, porque es ahí donde actualmente se está desarrollando un largo conflicto que desliza la subrepticia posibilidad de un cierto favoritismo hacia la parte más acomodada: las empresas mineras.

En este ámbito tenemos a dos elementos que se agravan y se debilitan en tanto se desarrollan los múltiples conflictos: los medios de comunicación y el Estado.

En una entrevista concedida a Talleres de Comunicación, el descollante periodista César Hildebrandt manifiesta con su estilo único que lo caracteriza y hace grande: “No hay un periodismo que valga la pena sin ética social de peso. No hay éxito que merezca vivirse si no hay compromiso con la gente que sufre. Si el periodista es un ser neutro, equidistante de todo, prescindente del sufrimiento de los demás, es simplemente un talento alquilado. Es para decirlo de una vez y con toda su crudeza: un miserable”.[1]

Con esto, aceptando como válida la premisa de Hildebrandt, queremos subrayar que el periodismo, o el quehacer comunicativo en general, no puede mantenerse indiferente de una realidad particularmente injusta y no puede asimismo cultivar una relación esquinada entre los hechos y su propia independencia y pensamiento crítico.

La neutralidad, entonces, se suprime, en la medida en que el comunicador aporta mucho de sí a las informaciones. Se puede ser plural, es cierto, pero esto no equivale a dejar de hacer un analítico ejercicio de empatía con los sectores más desvalidos.

Generar espacios de diálogo es un trabajo supremo del comunicador social. A él corresponde el uso íntegro de los principios elementales de la ética de la comunicación: la veracidad, la responsabilidad social, la objetividad (en su mayor etapa factible) y la ya mencionada pluralidad.

¿Y la verdad? Este punto nos demanda una aclaración en líneas generales y para ello nos ilustra una cita breve del certero filósofo Salomón Lerner Febres: “En el dominio de los actos humanos, ahí donde se desempeña el periodista, la verdad es un bien precioso que se presenta como horizonte que nos ofrece sentido y al cual nos acercamos paulatinamente sin nunca alcanzarlo plenamente”. [2]
El valor de la objetividad dentro del ejercicio comunicacional merece también una pequeña digresión, puesto que se le atribuye un valor de mero relativismo que se nos ofrece como una escala elevada a la cual trataremos siempre de acercarnos.

Los medios de comunicación deben siempre aproximarse a la objetividad aun aceptando ese viejo proverbio que reza que “ni el lente de una cámara es totalmente objetiva”. Es menester resaltar una diferencia entre la objetividad y un término que puede ser confundido: la interpretación. Este último debe estar presente en toda información periodística, transparentándose en el contextuar todo tipo de dato dentro de cualquier género.

El más brillante periodista que actualmente posee el Perú, César Lévano nos dice: “Faltan en el Perú editores capaces de enriquecer la información de actualidad con el material televisivo de contexto, que puede ser de archivo (…) Pero sería importante que en vez de cinco minutos de calle superficial se pusieran tres y medio de calle y minuto y medio de algo más sustancial y significativo, enriquecido por el material de archivo y el comentario de contexto”.[3]

Suficiente comprensión nos la brinda este breve apartado que consideramos de particular relevancia consignar en estas líneas. Pero también merece un énfasis signar la diferencia entre la opinión y la información, dado que no debe haber una mezcla entre estas dos formas de hacer comunicación.


Esclareciendo estos puntos, continuamos con la explicación de los medios de comunicación en el marco de los conflictos sociales (entiéndase sociales como ambientales, también).

Deshonrado por la publicidad y por las características venales de múltiples periodistas y dueños de distintos medios, el quehacer comunicativo se ve presa de una debilidad galopante y de una crisis que se agrava en el día a día.

La ciudadanía dejó de tener fe en los medios. Éstos fueron serviles a causas impropias del dinero y maniataron su posibilidad de defender los derechos de cada uno de los miembros de esta sociedad (por supuesto, nos referimos a los pisoteados por el sistema).

En general, no son solo los medios de comunicación los únicos náufragos en esta tempestad apabullante: todas las instituciones –el Estado, las FF.AA., la Iglesia, las escuelas, etcétera- atraviesan por una crisis de suspicacia.

El periodismo dejó de encarnar lo que en Estados Unidos protagonizaron Carl Bernstein y Bob Woodward, lo que en Francia produjo Emile Zola[4], etcétera. La ciudadanía en general siente un abandono y una orfandad social que no presiente una solución connotativa a los problemas que los aquejan.

Ignacio Ramonet ha dicho: “Muchos ciudadanos se preguntan cómo funciona la prensa, cómo funcionan los medios de comunicación y constatan por otra parte, que el conjunto de los medios de comunicación está perdiendo credibilidad, está también desprestigiado, está también en crisis como las otras instituciones”[5].

El periodismo dejó de ser un aliado incondicional del pueblo para pasarse a las filas –y algunas veces, las hordas- de las causas del dinero. Es entonces cuando estallan los conflictos socioambientales: cuando a los agraviados se les echa lodo encima desde los medios de comunicación, los cuales a su vez están manejados al antojo del poder económico.

En cuanto al papel del Estado como actor principal en políticas de inclusión social y distribución de riquezas, éste no viene cumpliendo con su rol de regulación de las políticas de ambiente. Son muchas las veces que los recursos naturales y materias primas del Perú son saqueados, a costa de un pueblo marginado que no vislumbra posibilidades de una vida más adecuada a la condición humana.

La Constitución Política del Perú contempla en el artículo 68 lo siguiente: “El Estado está obligado a promover la conservación de la diversidad biológica y de las áreas naturales protegidas”.

De irónica aclaración resulta este artículo, ya que las circunstancias sociales le son adversas en su significación.

Gregorio Santos, durante una reciente conferencia en UNPRG.
El Estado, muchas veces, en lugar de asistir e idear programas de desarrollo para las comunidades alejadas, les despliega una serie de medidas arbitrarias que generan una divergencia con un supuesto estado de Derecho. El Estado reprime a las poblaciones, amenaza a los dirigentes y líderes comunales y corrompe en algunos casos las bases de estas comunidades.

Frente a este enorme desbarajuste causado por la contraposición diametral entre intereses, los medios de comunicación deberían ocupar el lugar de un mediador, sin desconocer, claro está, la adquisición de una posición, sin que esto suprima la capacidad de la institución de abrir espacios de diálogo y cubrir toda la escalada de información que pueda dar a conocer el hecho en todas sus dimensiones. De esta guisa y solo así, los problemas nacionales podrán apuntar a una transacción favorable para ambas partes.



[1] Reynaldo Naranjo García, Talleres de Comunicación, cuaderno 1, Lima, 1983.
[2] Salomón Lerner Febres, El papel del periodismo, La República, Año N°31, domingo 4 de marzo de 2012.
[3] César Lévano, Últimas noticias del periodismo peruano. Lecciones y perspectivas, Lima: Fondo Editorial Universidad Inca Garcilaso de la Vega, 2011.
[4] Como se sabe, los periodistas estadounidenses del diario Washington Post, Carl Bernstein y Bob Woodward derrocaron al indeseable ex presidente de los Estados Unidos Richard Nixon, en el célebre caso Watergate. Para mayor amplitud de la curiosidad del lector, léase Todos los hombres del presidente. Por su parte, Emilé Zola contribuyó honorablemente al periodismo francés, al desnudar la verdad que se escondía tras el afamado caso Dreyfus.
[5] Ignacio Ramonet, Medios de comunicación, sociedad y democracia.

1 comentario:

  1. Javier,
    Tus ensayos son buenos, pero tus enlaces no están bien construidos.

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