En un ensayo publicado con anterioridad, hicimos una
importante aclaración del papel importante de la radio en tiempos de auge
televisivo.
La radio –como mencioné aquella vez- resalta el
papel del mediador que va a informar del acontecimiento o circunstancia. Es
totalmente necesaria su existencia. En el caso de la televisión, la idea de
“ver es comprender” suprime súbitamente de lleno el papel del comunicador y,
por tanto, disuelve el triángulo de la comunicación, que tiene su razón de ser
en la continua complementariedad entre acontecimiento, emisor y audiencia.[1]
Asistimos “al milenio de las palabras”, como lo
insinuara Gabriel García Márquez. No es de extraño proceder esta frase,
teniendo en cuenta la enorme vigencia que cobra ahora la voz y sus derivados en
una sociedad signada por la intempestiva irrupción de los multimedia.
El lenguaje radiofónico nos devuelve a la cultura
oral. Pero es importante aclarar que él pertenece a los suburbios de la
gramática y sintaxis. El proceso radiofónico depende casi en su totalidad de
los discursos elaborados en los llamados marcos
de interacción.
Por otro lado, este proceso de la radio demanda una
honda interpretación por parte del oyente. Este debe entablar un diálogo
abstracto con las formas creadas a partir de los elementos que constituyen la
voz (matices, tonalidades, acentos, timbres, etcétera). Y esta misma carencia
de percepción visual la que vincula a los oyentes con el emisor, el cual viene
a representar una serie de posiciones dentro de un marco contextual y
circunstancial. La acción de proximidad la establece el poder de la palabra
hablada. De esta forma, puede establecer los linderos entre su espacio y las
demás formas de comunicar.
La radio puede proponer múltiples ventajas d su
humilde tribuna. Por ejemplo, ella nos llega junto con la sensación de que nos
comunicamos con un “amigo” y no con una organización que puede ofrecernos una
percepción más formal y, por ende, distante. Pero, por el contrario, la radio
ayuda a establecer una relación directa sustentada en la mera oralidad. Pero
esto, en muchos casos –y cabe advertir- puede devenir en una sutil manipulación
de grupos de poder.
Por otro lado, los ejecutores del quehacer radial
abren sus puertas a las voces que desean ser escuchadas. De este modo, ellos se
ciñen a recibir y abordar diversas informaciones de variados sectores de la
audiencia.
Aparte de embarcarse en proyectos informativos, la
radio puede crear contenidos de entretenimiento, siempre que éstos sean de
índole educativa y alienten la capacidad crítica y analítica del oyente. Pero
merecería un ensayo aparte la degradación en la que han devenido los contenidos
de entretenimiento[2].
Hay que hacer una aclaración, previamente a
continuar con la exposición.
Hay una pseudodemocracia que envuelve el clima
radial pero que frente al receptor no es sino la apertura de diálogos e
informaciones. El que propone, decide y aborda los temas a confrontar, es el
locutor y su respectivo equipo de producción; y muchas veces los productos
radiales solo cumplen con satisfacer a las audiencias.
Según la evolución cronológica de la comunicación
humana, las diferentes etapas por las que tuvo que transitar el ser humano para
comunicarse, fueron, en el siguiente orden, el movimiento, los gestos, los
gritos y la articulación del lenguaje oral.[3] Esta última etapa por la
que atraviesa la humanidad cobra un enorme poderío traducida en la colosal
fortaleza que posee la radio como medio de comunicación. Solo es preciso que
muchos sepan dirigir el timonel de la historia en pos de un rumbo donde el
lenguaje sonoro sea una delos componentes fundamentales de la civilización.
[1]
Véase Javier Sarmiento Benites, Radio
educativa: desafíos, 2012
[2]
Ver mi ensayo Cultura, masas y radio.
[3]
Hay que consignar los recursos calificados, los cuales fueron estudiados por
diversos teóricos como Daniel Bell, Jean Clouthier y Marshall McLuhan.
Enlace de Interés: http://www.unav.es/fcom/comunicacionysociedad/es/
Enlace de Interés: http://www.unav.es/fcom/comunicacionysociedad/es/
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